Este blog se ha creado con el propósito de brindar información acerca de la Educación inclusiva en el mundo y en Colombia. Esperamos que sea muy útil para todos.
Marco Legal de la Educación Inclusiva
En la actualidad, coexisten estas
percepciones sobre la diferencia que permean los contextos y escenarios
sociales. En la escuela, emergen las percepciones sobre las diferencias que la
sociedad impone como relevantes, por tanto, han existido diferentes modelos de
relación con lo diferente. Es así como, para llegar a la propuesta de la
inclusión, la escuela ha pasado por experiencias de exclusión, de segregación y
de integración en la forma de relacionarse con las diferencias. En la
exclusión, la diferencia no es permitida, es inexistente; en la segregación, la
diferencia existe, pero por fuera de la escuela regular en donde estudian los
“normales”, en contraposición a las escuelas especiales a las que asisten los
“anormales”; y, en la integración, todos los niños estudian en un espacio
físico común al que tienen acceso, pero con aulas exclusivas para aquellos que
presentan necesidades educativas especiales. Esta dinámica fluctuante, ha
tenido resultados nefastos de discriminación, de deserción escolar y de
frustración familiar (Soler, 2019).
En el campo educativo, prevalece
el discurso de la educación inclusiva, en especial desde la aparición de la
“Declaración Mundial sobre Educación para Todos” (Unesco, 1990). Este y otros
documentos provenientes de organizaciones internacionales, permearon con
contundencia el marco legal de los países que se acogieron a ellos, de manera
que la educación inclusiva tiene un gran soporte jurídico que la promulga como
un derecho, con la esperanza que sea el mecanismo que resuelva la desigualdad e
inequidad que existen en las naciones, especialmente las de América Latina
(Skliar, 2015). En el caso de Colombia, hay diversas leyes, acuerdos y
políticas a favor de la educación inclusiva, entre ellas la Constitución
Política (Asamblea nacional constituyente, 1991), la Ley 115 de 1994, la Ley
361 de 1997, la Ley 762 de 2002, la Ley 1145 de 2007, la Ley 1346 de 2009, la
Ley 1618 de 2013, el Decreto 366 de 2009 y el Decreto 1421 de 2017. Pero las
leyes por sí mismas no suponen cambios radicales en la estructura social que
reproduce las dinámicas de discriminación y exclusión; la obligación jurídica
no produjo el impacto esperado en los implicados y, en cambio, se tornó, como
refieren Skliar y Téllez (2017), en una promesa educativa más sin cumplir. Dichas
leyes no tuvieron en cuenta a los participantes de la escuela, solo generaron
“mandatos con características de ajenidad, sin seguimiento o acompañamiento
para evaluar resultados” (Skliar & Téllez, 2017, p. 4). La promesa refería
que la inclusión acabaría con lo normal y con la exclusión, así, la educación
estaría a disposición de cada uno.
Esta situación de la educación
inclusiva se ve reflejada en el último informe de la Unesco que concluye, por
ejemplo, que las personas con discapacidad aún se encuentran con obstáculos
para acceder a la educación y que las políticas no siempre coinciden con las
prácticas (Unesco, 2020). En ese mismo sentido, afirma que solo entre el 1% y
el 5% de los niños con discapacidad en América Latina, asisten a la escuela, y
el 80% de los que acceden, deserta. En el caso de Colombia, los datos no son
más alentadores. Según el Conpes Social 166 (Consejo Nacional de Política
Económica y Social, 2013), el 80% de los niños con discapacidad no accede a la
educación, cifra lejana respecto del propósito de la Ley 115 de 1994 que
determina la atención a todos los niños en el servicio público educativo. Del
20% que sí accede, el 39,9% deserta; el 37,9% culmina la primaria; el 20,5% la
secundaria; y el 1,7% accede a la educación superior (Correa & Castro,
2016).
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